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La transición energética en Valencia no se está impulsando solo con objetivos, sino con tecnología aplicada, ejecución y verificación. A escala europea, el desafío es simultáneo: descarbonizar la generación, electrificar la demanda y digitalizar el sistema para operar con más renovables sin perder estabilidad. El problema ya no es únicamente instalar capacidad, sino integrarla en redes que no crecen al mismo ritmo, reducir tiempos de permisos y conexión, añadir flexibilidad con almacenamiento y gestión de demanda, y sostener todo el proceso con métricas sólidas que separen impacto real de relato.

Los datos globales ayudan a dimensionar esta tensión. En 2024 se añadieron 585 GW de nueva capacidad renovable en el mundo, más del 90% de toda la expansión eléctrica anual, según IRENA. Fuente: IRENA, Record Breaking Annual Growth in Renewable Power Capacity (26 Mar 2025). Al mismo tiempo, las emisiones energéticas siguieron aumentando: la IEA estima que el CO₂ relacionado con la energía alcanzó 37,8 Gt en 2024, con un crecimiento anual del 0,8%, impulsado en parte por temperaturas récord que elevaron la demanda de refrigeración. Fuente: IEA, Global Energy Review 2025, CO2 emissions. En Europa, la hoja de ruta está marcada por un doble mandato: reducir al menos un 55% las emisiones netas en 2030 frente a 1990 y elevar la cuota renovable a un mínimo del 42,5% en 2030, con aspiración del 45%. Fuentes: European Commission, 2030 climate targets y European Commission, Renewable energy targets.

En este contexto, las startups ocupan un espacio crítico: convertir tecnologías disponibles en soluciones desplegables, con métricas auditables y modelos de adopción que reducen fricción. Desde el ecosistema tecnológico valenciano, startups como Devera, Aldea Energy y Enerlind, entre muchas otras, ilustran tres palancas complementarias del cambio: medición rigurosa del impacto ambiental, autoconsumo colectivo y energía distribuida, y generación renovable integrada en edificación residencial. Tres vectores distintos, un objetivo común: acelerar la transición con soluciones que funcionen en el mundo real, con costes, plazos y operación asumibles.

 

Qué frena hoy la transición energética: red, permisos, conexión y flexibilidad

En la conversación pública, “transición energética” suele traducirse en megavatios nuevos. En la práctica, el cuello de botella suele estar en lo que ocurre después del anuncio: permisos, capacidad de red disponible, conexión efectiva, operación diaria y capacidad de respuesta ante variabilidad. Por eso, cuando se habla de acelerar, la variable crítica no es solo la tecnología, sino el conjunto de procesos que convierten un proyecto en energía real entregada al consumidor.

La red eléctrica, especialmente la distribución, se está convirtiendo en un factor limitante en muchos territorios. Sin capacidad disponible y sin refuerzos de red, la generación no se conecta a tiempo y el despliegue se ralentiza. Y cuando la generación renovable variable aumenta, la flexibilidad deja de ser un “extra” y pasa a ser una condición de estabilidad. Flexibilidad significa almacenamiento, respuesta de demanda, agregación y, sobre todo, capacidad de operar el sistema con señales y datos que permitan integrar renovables sin elevar el coste sistémico ni trasladar complejidad al usuario final.

 

Medir bien para descarbonizar de verdad: del claim a la evidencia verificable

Uno de los principales déficits en sostenibilidad corporativa ha sido históricamente la falta de métricas precisas, comparables y accesibles. Muchas organizaciones han avanzado en la medición de emisiones directas, pero encuentran más dificultades para estimar con rigor el impacto asociado a materiales, proveedores, logística, uso y fin de vida. Cuando el análisis baja al nivel de producto, el desafío se amplifica: evaluar impacto ambiental con enfoque de ciclo de vida implica definir límites, supuestos y escenarios, además de apoyarse en factores de emisión y bases de datos ambientales. La diferencia entre medir rápido y medir bien no es un matiz menor: determina qué decisiones se toman, qué inversiones se justifican y qué reducciones son realmente atribuibles.

Sébastien Borreani, fundador de Devera, lo resume con claridad: “Calcular el impacto ambiental de un producto a lo largo de todo su ciclo de vida ha sido tradicionalmente un proceso lento, caro y accesible solo para grandes corporaciones. Nosotros democratizamos ese acceso. Porque no se puede mejorar lo que no se mide.”

Su propuesta busca resolver el cuello de botella de escala combinando automatización e inteligencia artificial con el uso de información ambiental de referencia, para facilitar que más empresas puedan medir, comparar alternativas y priorizar acciones de reducción con mayor agilidad. Este enfoque cobra especial relevancia en un contexto donde la sostenibilidad se desplaza desde la narrativa hacia la verificación y donde la evidencia empieza a ser un activo competitivo. Incluso a escala macro, la IEA subraya que la adopción de tecnologías limpias está limitando el crecimiento de emisiones, evitando 2,6 mil millones de toneladas adicionales de CO₂ al año. Fuente: IEA, Global Energy Review 2025.

 

Autoconsumo colectivo y energía distribuida: acceso a renovables sin fricción

Mientras la medición rigurosa es clave para reducir emisiones con criterio, el otro gran frente es transformar el modelo energético para hacerlo más distribuido, resiliente y participativo. En España, el autoconsumo y sus modalidades colectivas están abriendo un camino para que ciudadanos y pymes accedan a energía renovable aunque no dispongan de cubierta propia o capacidad de inversión.

Aldea Energy aborda dos retos estructurales: el acceso limitado a renovables para usuarios que no pueden instalar generación en su propio tejado y la dependencia de un modelo centralizado con ineficiencias y exposición a volatilidad de precios. Su propuesta se apoya en generación distribuida y autoconsumo colectivo, conectando a usuarios con plantas solares de proximidad sin necesidad de inversión inicial ni infraestructura propia. El valor diferencial no está solo en la tecnología, sino en convertir una realidad compleja, con variables técnicas, administrativas y contractuales, en una experiencia simple para el usuario final.

Para Roberto Rubio, fundador de Aldea Energy, el mayor reto hoy es acelerar la transición a un modelo más distribuido y participativo, superando barreras administrativas, regulatorias y culturales. “Hoy la tecnología está disponible, el ciudadano está concienciado y las empresas buscan alternativas sostenibles; sin embargo, los procesos de conexión a red son lentos, la normativa evoluciona más despacio que la demanda, y existe un gran desconocimiento sobre cómo acceder a energía renovable sin inversión” explica.

Por todo ello concluye que el desafío no es técnico, “es hacerlo ágil, accesible y comprensible para todos”. En otras palabras, la transición se frena menos por falta de soluciones y más por fricción: tiempos, coordinación, incertidumbre y falta de claridad. Reducir esa fricción es, en muchos casos, lo que determina la adopción real. A nivel europeo, el objetivo de elevar renovables al menos al 42,5% para 2030 depende tanto de nueva capacidad como de integración y despliegue efectivo. Fuente: European Commission, Renewable energy targets.

 

Energía solar integrada en vivienda: transición energética en edificación sin sobrecoste

Un enfoque complementario lo aporta Enerlind, que trabaja para que la transición llegue al núcleo de los hogares sin generar sobrecostes ni complicaciones adicionales en la edificación. Guillermo López, CEO y fundador de Enerlind, lo plantea así: “En Enerlind trabajamos sobre un reto cada vez más relevante: cómo avanzar en la transición energética dentro de la edificación sin que eso suponga un sobrecoste para el comprador ni una complejidad añadida en el modelo constructivo”.

La innovación de Enerlind consiste en integrar tecnología fotovoltaica en persianas monobloque, un elemento habitual de la fachada, convirtiéndolo en un generador de energía distribuida por vivienda. Este planteamiento responde a una lógica muy concreta: en edificación, añadir sistemas independientes suele aumentar coordinación, tiempos y presupuesto. Integrar generación en un componente ya previsto permite reducir barreras de adopción y facilitar el despliegue, especialmente en proyectos residenciales donde el comprador final penaliza cualquier complejidad extra.

Esto hace posible que la energía se produzca localmente y que el propietario perciba un beneficio económico directo. Enerlind estima reducciones en la factura eléctrica de entre un 10% y hasta un 60%, en función de variables como orientación, irradiación, sombreado y perfil de consumo. “No añadimos un sistema independiente al edificio; transformamos un elemento común en uno propio y productivo. La instalación es comparable a la de una persiana motorizada convencional, permitiendo incorporar generación renovable sin alterar significativamente los presupuestos de obra”, señala.

Más allá del dispositivo, el mensaje de fondo es relevante: si la transición se integra en los procesos estándar de construcción y entrega una mejora medible para el usuario, deja de ser una capa extra y se convierte en parte natural del producto vivienda.

 

Startups como catalizadores del cambio en Valencia

La transición energética exige velocidad, pero también rigor. Eso implica cuestionar inercias y resolver problemas concretos donde el sistema se atasca: medición y verificación del impacto, experiencia de adopción, integración técnica en edificación y reducción de fricción en conexión y operación.

En este sentido, las startups aportan un valor diferencial por su capacidad de implementación rápida, especialización tecnológica y habilidad para conectar sectores tradicionalmente separados. Su contribución no es sustituir a los grandes actores del sistema, sino acelerar el paso entre lo posible y lo desplegable, y hacerlo con modelos que permitan adopción masiva.

En Valencia, esta dinámica se ve reforzada por la convergencia de industria, talento técnico, investigación aplicada y comunidad emprendedora orientada a soluciones de impacto. Desde Aldea Energy destacan que el ecosistema valenciano se está consolidando como uno de los polos más dinámicos de innovación energética en España. “Para nosotros, Valencia es el lugar donde mejor se entiende que la transición energética debe ser local, distribuida y participada”, apuntan.

En la misma línea se expresa Enerlind, que resalta la oportunidad de colaboración entre construcción, energía y tecnología para que la sostenibilidad sea rentable y accesible en viviendas residenciales, y Devera, que subraya la necesidad de herramientas rigurosas para medir y reducir huella con credibilidad.

 

Indicadores clave: dónde se decide la transición energética en la práctica

A partir de aquí, la transición se decide menos por los eslóganes y más por cinco indicadores que separan la intención del despliegue. El primero es la electrificación, porque el ritmo de sustitución de combustibles fósiles por electricidad en movilidad, industria y edificios multiplica la demanda y determina cuánta nueva generación renovable y cuánta red hará falta. El segundo es la capacidad renovable instalada frente a la capacidad efectivamente conectada y operativa, porque los anuncios no descarbonizan, lo hacen los activos que entran en operación en plazo. El tercero es la red y la congestión, especialmente en distribución, donde la disponibilidad de capacidad, los tiempos de conexión y los refuerzos de red se convierten en el cuello de botella más habitual cuando la penetración renovable acelera. El cuarto es la flexibilidad del sistema, que incluye almacenamiento, respuesta de demanda y agregación, porque sin flexibilidad la integración renovable se encarece y la operación se vuelve más frágil. El quinto es la medición y verificación, porque sin métricas trazables y auditables no se puede asignar capital con criterio ni evitar que la sostenibilidad se degrade en ruido reputacional.

Este marco ayuda a entender una realidad frecuente: el crecimiento renovable no garantiza por sí solo una reducción inmediata de emisiones si no se resuelven restricciones de red, capacidad de conexión y flexibilidad. Cuando la operación del sistema no acompaña, aparecen ineficiencias y costes, y parte del potencial se pierde. Por eso, acelerar implica tratar la transición como un sistema completo, no como una suma de proyectos.

 

Qué viene ahora

En los próximos años, el foco se desplaza desde instalar renovables hacia hacer el sistema operable a gran escala. Eso implica, primero, acelerar permisos y conexión a red mediante procesos más claros, estandarizados y rápidos, porque si la conexión no acompaña, la transición se ralentiza aunque la tecnología exista. Implica también invertir en red y digitalización, con más capacidad en distribución, mejor monitorización y control, porque la red será el factor limitante en muchos territorios. Exige escalar flexibilidad con almacenamiento delante y detrás del contador, respuesta de demanda y agregación, para integrar renovables sin elevar costes sistémicos. Y exige hacer la sostenibilidad verificable, con metodologías claras y datos defendibles, especialmente a medida que Europa eleva objetivos y exigencias para 2030. Finalmente, requiere que la transición se integre en vivienda y pymes sin fricción, con soluciones que no compliquen obra, reduzcan inversión inicial y entreguen ahorro medible.

En ese marco, casos como Devera, Aldea Energy y Enerlind ayudan a entender por dónde se acelera la transición cuando se combina rigor técnico con foco en adopción: medir mejor, desplegar más fácil y generar más cerca del consumo.

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