Si le preguntas a un emprendedor qué es lo más importante en su vida, probablemente responda “mi familia y mi empresa”. Cuando existe la posibilidad de materializar una idea porque un soñador reúne ingenio, valentía y esfuerzo, surge una empresa. Desde el punto de inicio hasta lograr el éxito, entendiendo éste cada uno a su manera, surgen muchos retos y dificultades: búsqueda de inversión, cashflows apretados, clientes que se caen, problemas entre socios… y un largo etcétera, para los que el emprendedor encuentra distintas soluciones. Cuando se confía en un proyecto que va ligado a valores personales, el emprendedor puede vivir los problemas como parte del proceso, le resultan estimulantes y agudizan su ingenio.
Sin embargo, aunque se trate de personas capaces y resilientes, la vida trae acontecimientos que están totalmente fuera de su control y del deck, como la DANA de Valencia el pasado 29 de octubre. La catástrofe natural ha afectado a miles de empresas, en el ecosistema startup ya se han contabilizado una veintena de damnificadas, con naves inundadas y con clientes que han perdido su negocio en las zonas afectadas.
Cuando el ser humano pierde algo significativo en su vida, se inicia un proceso psicológico conocido como duelo, del latín dolus que significa dolor. Este proceso es universal, los emprendedores también lo viven y tiene una función adaptativa: ayudar al doliente a aceptar la pérdida y adaptarse a la nueva situación.
Existen varias fases para la elaboración del duelo, cuya manifestación y duración varían en función de la persona. Aunque no hay dos duelos iguales, en términos generales podemos diferenciar cuatro fases:
– Negación. Es como una anestesia psicoemocional, da un tiempo de tregua antes de sentir el dolor. Este tiempo puede ser necesario para comprobar que el equipo está bien, valorar las pérdidas del negocio, rellenar papeles o limpiar barro. Es lo que permite “seguir funcionando”.
– Enfado. Es normal estar enfadado con la vida cuando, a pesar del esfuerzo y tiempo invertido, llega la Dana y arrasa con todo. La ira es una emoción que llena de energía a quién la siente, es una defensa primaria y promueve el cambio, ya que si se permite, transforma. Las comparaciones y la envidia hacia otros emprendedores del sector también pueden surgir, al ver que otros proyectos no han sido afectados. Esto no convierte al emprendedor en mala persona o egoísta, se trata de una reacción natural ante algo que le gustaría tener y le ha sido arrebatado.
La dificultad con estas emociones suele estar en su expresión, cuesta verbalizarlas, así que una idea podría ser llevar un diario para escribir todos los momentos del día a día en los que se conecta con la rabia o la ira.
– Tristeza. Tras el pico de energía, suele venir el bajón. La tristeza genera apoyo empático y facilita la creación de un espacio para la conexión con uno mismo. Puede asustar porque se lleva consigo las ganas de hacer cosas y obliga a parar, una sensación poco frecuente en emprendedores. El miedo a experimentarla hace que se levanten muros a fin de no conectar con ella, sin embargo, es una emoción que si se deja fluir, se atraviesa y alivia. En otras ocasiones, la barrera para la tristeza está impulsada por una creencia errónea “llorar es de débiles, no es propio de un líder”, aquí es muy importante diferenciar debilidad de vulnerabilidad, todos los seres humanos somos vulnerables, la fuerza de la naturaleza nos lo ha recordado una vez más. Estar triste cuando se pierde una de las cosas que más importan en la vida es normal y no habla de la capacidad del emprendedor, únicamente habla de su humanidad.
– Culpa. Es una forma de rabia o ira hacia uno mismo por no haber hecho más o por no haberlo visto venir. La culpa racional es la responsabilidad, se da en situaciones en las que la persona hace algo que genera un impacto negativo y aparece para que pueda asumir su parte y aprender de ello. Existe también la culpa irracional, aparece en situaciones en las que el emprendedor se responsabiliza de algo sobre lo que no tenía poder de acción, aparece por una falsa ilusión de control y yo le llamo “la kriptonita del emprendedor”. Las catástrofes como la Dana son naturales, en ningún caso la responsabilidad es humana. Si bien, los humanos responsables de su prevención y gestión, podrían asumir responsabilidad y aprender de lo acontecido.
– Aceptación. La última etapa en la que se da una reorganización y recuperación de la vida sin lo perdido.
Es frecuente que el emprendedor quiera pasar directamente a la última fase, la tendencia a solucionar problemas y seguir hacia delante, anestesian cualquier emoción. Sin embargo, intentar evitar el dolor, solo lo prolonga. Esto es lo que se conoce como duelo latente, un duelo que queda congelado en el tiempo y a la larga produce sintomatología: insomnio, flashbacks, miedos irracionales… En la medida de lo posible hay que dar espacio a las emociones desagradables cuando vengan para poder elaborar.
Si nos damos cuenta, a nivel social también tratamos de quitar el dolor del otro. Como seres sociales, ver a alguien que queremos pasarlo mal nos afecta, y enseguida queremos que ese dolor desaparezca.
Esto puede llevar a que el entorno del emprendedor, con toda su buena intención, recurra a frases de apoyo del tipo:
– “Podría ser peor” algo que sutilmente invalida las emociones del doliente, porque lo que recibe es “otros están peor, no tienes derecho a estar así”.
– “Tú puedes con todo” porque es sabido que los emprendedores son expertos en resolución de problemas y muy resilientes. No obstante, este tipo de ánimo puede alejarlo de conectar con su vulnerabilidad y pedir ayuda, alimentando la creencia de que debe tirar hacia delante, porque pararse a llorar un rato es de débiles y no es lo que se espera de ellos.
En esta situación tan delicada, en la que muchas personas han perdido todo o parte de su negocio al que, recordemos que quieren tanto como a su familia, los ingredientes clave para acompañar son la presencia y la empatía. La presencia auténtica es demostrar al otro que estás ahí, sin forzar nada, respetando sus tiempos y acompañando sin juzgar. Puede demostrarse con gestos de cariño, escucha activa y sosteniendo el dolor en silencio. En cuanto a la empatía, no se trata de contagiarse del dolor, supone tratar de entender lo que significa esa pérdida para el emprendedor, poniéndote en su piel por un momento, a pesar de no compartir la misma visión. Hay pocas sensaciones más reconfortantes a nivel psicológico, que la de sentir que el otro te entiende a pesar de no haber pasado por las mismas circunstancias. En esta línea, y si se me permite un último consejo, la búsqueda de personas que pertenezcan al mismo ecosistema emprendedor y que hayan vivido una situación similar, puede servir para la creación de una red de apoyo y elaboración del duelo, demostrando una vez más, el maravilloso efecto de la humanidad.
Por cortesía de Ancla.life.



